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11/18/2010

Cap. 01



Jade's POV
Lunes 16 de Agosto Del 2010
7:30 A.M.

La alarma del despertador sonó y lo primero que hice fue estirar la mano para apagarla, y después de varios intentos fallidos, encontré el botón que le dio fin al escándalo. Enterré mi cabeza entre las almohadas, esperando que fuera un error y que fuera lunes, pero entonces escuché a alguien abrir la puerta abruptamente.
     –¡Jade, despierta! –me gritó mi mamá.
     –¡No!, ¡No me hagas esto! –exclamé y me aferré a mis almohadas.
     –Es tu primer día de clases –me dijo emocionada–. ¡Es un día importante! –exclamó y se acercó a mi–. ¿No quieres ir?
     –Es sólo otro año –murmuré y desenterré mi cabeza de entre las almohadas.
     –¿Cuál es tu problema? –me preguntó–. ¡Eres la chica!
     –¡Es muy temprano! –respondí molesta.
     –Un vaso de agua helada –me amenazó–. ¿Eso es lo que quieres? –me preguntó–. Si vengo y en cinco minutos no estás en la ducha…
     –¿Si? ¿Qué harás? –pregunté retándola.
     A mi mamá no le agrada eso.
     –Tendrás que tomar el autobús escolar –me respondió con suficiencia.
     Sé que ella no dudará en revocarme mi privilegio de manejar el automóvil deportivo, que mi papá me obsequió en verano, si no obedecía sus ordenes. Y además, odio ir en el transporte escolar. Muchos alumnos que no aprecian la maravilla de mi presencia.
     Y la otra opción era el vaso de agua helada, no es peor pero tampoco es mejor. Sé que no es sólo una amenaza, el año pasado mi papá se lo cumplió a Charlotte, mi hermana menor, y se enfermó al día siguiente por una semana, y no quiero eso, no para el inicio de clases.

Al terminar de tomar mi ducha bajé para desayunar, no tenía mucha hambre, pero desayunaría para no tener que esperar hasta el almuerzo en el colegio.
     Me dirigí a la cocina, donde mi hermana estaba desayunando un plato de cereal y mi papá estaba leyendo el periódico en la sección de clasificados mientras que con la otra mano agarraba la taza de café y daba sorbos de vez en cuando. Mi mamá estaba preparando un licuado de plátano. Otra familia normal que vivía en los suburbios de Los Angeles, California, a veinte minutos de la agitada ciudad.
     –Sobre tu automóvil… –comenzó mi papá y me volteó a ver–. ¿Recuerdas las condiciones? –me preguntó y cerró su periódico.
     –Sí –le contesté.
     Pero no mencioné las condiciones.
     –Mira, aunque yo quiero que tengas ese automóvil de por vida, las condiciones…
     –No es un gran asunto, si me castigan, lo tendré de vuelta en un par de días –le dije aparentando indiferencia sobre el hecho de que si me llegaran a castigar realmente me importaría.
     –Para mi si lo es, es independencia, querida –me dijo–. Y–
     –Te quiero –lo interrumpí y él sonrió.
     Le devolví una gran sonrisa.
     –¿Hace cuanto tiempo que no escuchaba eso? –preguntó–. ¡Nunca! –exclamó.
     –Pero ahora te lo digo –le dije y me acerqué a él–. Te quiero, te quiero mucho, mucho –y le di un beso en la mejilla.
     –Aun así tendrás que llevar a tu hermana al colegio –me recordó.
     –Si, no hay problema –le dije, nuevamente fingiendo indiferencia.
     Aunque realmente no me agradaba la idea de tener que llevar a Charlotte a la escuela, esa es una de las condiciones.
     –Te espero en el carro –le dije a Charlotte.
     Y al final, no desayuné. Subí a mi habitación, agarré mi bolsa y entonces bajé las escaleras.
     –¡Vamos, Charlotte! –le grité para presionarla.
     Y entré al garaje y me subí al automóvil: un convertible. Perfecto para el clima de California. Unos minutos después, Charlotte entró y al garaje y se subió al coche. Abrí la puerta del garaje, automática y salimos, en camino al colegio.
     –¿Tu permiso? –me preguntó.
     –En mi bolso –le contesté.
     –Escuché que iban a entrar niños nuevos este año –mencionó Charlotte, cambiando de tema–. Incluido el hermano menor de Regan –me recordó.
     –No lo sé –le contesté–. No he hablado con Regan desde hace mucho.
     –¿Todavía te gusta? –me preguntó, con intención de molestarme.
     –Cállate, a ti te gusta Alexander –la molesté.
     Sé que es un comportamiento infantil, pero ella me hace llegar a ese punto.
     –¡No! –exclamó fingiendo sorpresa–. Sólo digo que es lindo –se defendió.
     –Claro –le dije con sarcasmo.

Entré al estacionamiento de la escuela, buscando un lugar, no estaba muy saturado, pero al parecer muchos chicos también les habían dado un carro nuevo, pero el que más destacó, entre todos ellos, fue el de Regan, o al menos supuse que era de él. Un carro que no todos se podrían comprar al menos que sus padres fueran dueños de numerosas empresas alrededor del mundo o hicieran algo realmente importante para ganar esa clase de dinero y darse el lujo de gastarlo en un sólo automóvil, en este caso, el padre de Regan.
     –¿No es ese el carro de como un millón de dólares? –preguntó Charlotte sorprendida y señaló el carro disimuladamente.
     –No cuesta tanto, pero estás cerca –le contesté y observé a Regan bajar del automóvil.
     –¿Cómo se pueden dar el lujo de comprarle un carro así? –se preguntó–. ¡Tiene sólo 16!  –exclamó.
     –Bueno, tú sabes quien es el papá de Regan y todo lo que hace o más bien, todo lo que posee. Yo esperaba algo así viniendo de él, y no estoy muy sorprendida por ello –le dije y estacioné el coche.
     –Sólo hacen que su ego aumente más –se quejó Charlotte.
     –Vamos, o llegaremos tarde –le dije y baje del carro.
     Cuando ella bajó, caminó junto a mi hacia la entrada de la escuela.
     –¿Cómo me veo? –le pregunté nerviosa.
     –Horrible –me contestó.
     –Gracias –le repliqué.
     Cuando entré al colegio lo primero que pude ver fue a Regan, imposible no verlo con todas las chicas alrededor, y todos sus amigos. El chico popular de por aquí. Si yo soy la chica (o la chica eso), él es el chico. A pesar de eso, no hablamos demasiado y mi misión imposible, a pesar de que parezca que puedo hacer todo bien, es hacer que se fije en mi como algo más que una amiga, aunque viéndolo de esa manera, lo hace con todas las chicas, entonces yo iría por algo más serio. Y como nos conocemos de hace varios años, no debería ser un gran problema el recuperar contacto.
     Cuando íbamos en secundaria, hace uno o dos años, no lo recuerdo bien, era novio de una de mis mejores amigas, aunque fue más bien cosas de niños pequeños, teníamos no más de trece o catorce años y, como era de esperarse, no duró. Después ella desapareció de la nada, para mi alivio, se cambió de ciudad por motivos desconocidos y no he vuelto a escuchar de ella. Tampoco me tomé la molestia de localizarla, no me agradaba del todo y por eso pongo en duda si lo nuestro era una verdadera amistad. Ella era, o es, lo que yo soy ahora: presumida, envidiosa y egoísta. La única diferencia es que yo pretendo serlo y ella en realidad era de esa manera.
     En fin, ella no está y estoy segura de que sería un inconveniente si todavía lo estuviera porque no me dejaría ni siquiera pensar en Regan. Pero, repito, ahora que no está aquí, mis oportunidades con él aumentan. Siempre he estado enamorada de él, cómo un amor platónico, y el tan solo pensar que ahora podría pasar algo con él, me hace feliz.
     Ya no es tan platónico.
     Caminé a su lado, preparada para utilizar la acción más usada a través de los años por chica desesperadas buscando conseguir la atención de un chico: tropezar con él. Y así lo hice.
     –Oh, lo siento –me disculpé.
     Él me volteó a ver y me sonrío.
     Capturé su atención.
     Bingo.
     –Hola –me saludó–. ¿Jade? –me preguntó.
     –Sí... –le respondí. 
     –No había hablado contigo desde hace tiempo, a decir verdad, desde hace un par de años, pensé que te habías cambiado de colegio o desparecido con Meghan –me dijo y se rió ligeramente.
     En realidad había hablado con él en varias ocasiones y no hace mucho tiempo, tal vez hace unos meses, pero no años. Y el hecho de que no se acuerde de eso, me lastimó.
     –No, sigo aquí –le contesté con una sonrisa nerviosa.
     –¿Te acompaño? –se ofreció.
     Yo asentí con la cabeza.
     –Tengo que encontrar mi casillero –mencionó.
     Caminamos por los pasillos buscando nuestros casilleros. No sé lo que él estaba pensando, pero yo estaba deseando que nuestros casilleros se encontraran cerca.
     Y así fue, mi casillero estaba ubicado en el centro del edificio de preparatoria, una posición perfecta para llegar rápido a todas las clases, y el casillero de Regan estaba cerca, pero no tanto como me hubiera gustado. Aunque desde mi lugar lo alcanzaba a ver.
     Más que suficiente.
     Él comenzó a guardar sus libros rápidamente, yo hice lo mismo.
     De pronto se acercó un chico nuevo en el colegio, pues nunca lo había visto, pero tal vez no había prestado atención. Me examinó con la mirada, de arriba hacia abajo y me sonrió con suficiencia al terminar.
     –¿Se te ofrece algo? –le pregunté, molesta por lo que acaba de hacer.
     –Lindas piernas –me dijo.
     –Pervertido –le repliqué.
     –Era un cumplido. Soy Tony –se presentó.
     Me ofreció la mano.
     –Soy Jade –me presenté y estreché su mano.
     No estaba acostumbrada a estrechar manos al conocer a personas de mi edad, si a personas mayores, pero no de mi edad. Para un hola y una buena conversación eran más que suficientes. Tal vez de donde el viene se presentan así, y sé que es de otro lado por su acento algo diferente al californiano.
     Entonces sonó el timbre.
     ¿Qué era lo siguiente?
     Una aburrida asamblea escolar para decir las reglas, y todas esas cosas que ya sabemos. También toma lista a los alumnos presentes, etcétera, etcétera. Lo hacen todos los años.

En el gimnasio del colegio, sentada en una de las gradas, llegó Alexandra y se sentó junto a mí, mi mejor amiga. No es completamente como yo, más bien, somos diferentes, me recuerda a Charlotte de alguna manera. Tímida y cerrada en la mayoría de los casos. Pero cuando esta en confianza, es totalmente diferente.

12:30 P.M.

Era hora del almuerzo, esperaba sentarme en la mesa con Regan, pero sólo si él me invitaba.
     Por mientras, me había sentado con Alexandra en otra mesa y frente a nosotras, en otra mesa, se sentó el chico nuevo, quien no paraba de mirarnos y sonreírnos. Estaba con otros chicos nuevos, que, supongo, no habían tenido suerte haciendo amistades el primer día de clases. Es normal.
     –¿Y si lo invitamos a sentarse con nosotras? –me preguntó Alexandra.
     –La compañía no se pide, se recibe y se da –le contesté–. Si quiere sentarse con nosotras, se hubiera sentado con nosotras.
     Alexandra se quedó pensando un momento.
     –Pero si dices que se recibe y se da, entonces nosotros se la estaríamos dando, incluso cuando no pregunte... –e hizo una pausa–. Te contradijiste.
     –Da igual –le repliqué.
     –Y bueno –continuó–. ¿No es eso lo que Regan está esperando que hagas? –me preguntó.
     –Tal vez tengas razón –le contesté–. Pero otro día será.
     –Bien, cambiando de tema –suspiró–. ¿Te platiqué sobre el asistente de mi papá? –preguntó fantaseando.
     –Sólo un millón de veces –le respondí, un poco harta–. Estás obsesionada con él.
     –Es lindo –se excusó.
     –No digas eso, es un hombre más grande que tú –le dije–. No está bien –la regañé.
     –No es tan grande –se defendió.
     –Sólo diez años. ¿Cuál es la diferencia, verdad? –pregunté sarcástica.
     Alexandra no dijo nada más.
     –Hola –nos saludó Emma y se sentó con nosotras.
     Emma era algo extraña y tiene algunos problemas, cuando era pequeña tenía sobrepeso, y en un verano bajó demasiados kilos, pero no ha parado desde entonces. A penas come. Algunas veces siento pena por ella, cada día está peor.
     –Hola –le contestamos Alexandra y yo al mismo tiempo.
     –¿Quieren mi comida? –nos preguntó.
     Y alejó su bandeja de ella.
     –¿Por qué no la comes tú? –le pregunté.
     –No tengo hambre –me contestó incomodada.
     –Apuesto a que lo estarás al rato. Come –le dije.
     –No gracias, esta comida tiene demasiadas calorías, no quiero subir de peso –se negó.
     –Pero tampoco deberías seguir bajando –mencionó Alexandra.
     –Eso no es lo que opina el espejo –dijo con seriedad–. ¿Te has mirado en el espejo? –le preguntó–. Estás gorda. Yo no.
     Alexandra se quedó callada ante la declaración de Emma y miró hacia a otro lado.
     –Te pasaste –le dije a Emma.
     –Lo siento –se disculpó avergonzada–. No era mi intención...
     –Dijiste suficiente –le replicó Alexandra ofendida.
            Esto es más grave de lo que era el año pasado.

3 comentarios:

Maticoche dijo...

y por ir a tu primer dia de clases te ganas....
UN AUTO!! jeje que padre

nats *-* dijo...

hii estoy leyendo tu historiiaa :D
me gustaa
yo tambien ODIO levantarme tempranoooo
y lo que mas pereza da es que si quiero pero no (:
siempre pasa :D

valeriaver dijo...

Si me gusta tu novelaaa!!, porfavor ayudame con la mia, ya publique los dos primeros capitulos, si quieres leerlos y decirme que te parecio y que le quedaria mejor.